El café sobre la mesa

Ahí estábamos, haciendo un café para luego huir. La rutina, los colectivos, todo eso que nos separa tras una brecha de interminables kilómetros. Nunca supimos adaptarnos a estar tan lejos -y tampoco tan cerca-. Siempre tan extremos. Siempre tan diferentes e iguales cuando nos tocamos la piel.

El frío me decía que cada vez estabas más lejos, aunque estabas a mi lado. El calor me demostraba, día a día, como era que no te ibas. Sin embargo nuestras vidas vivían congeladas: vos tan no sentir, yo tan sentimiento a flor de piel. Y así nos fuimos perdiendo, poco a poco, aunque uno de nosotros solo haya perdido el juego y no tengo en claro quién fue de los dos.

Las sábanas no dejan de enfriarse y los restos siguen por acá. Tratar de elevarse y sacarse la venda no es tan fácil como parece. Caer, una y otra vez sigue en los planes donde olvidarme no es una cuestión a tratar.

¿dónde estamos? Si no sabemos ni sobre qué nos paramos.

Y el café que nunca tomaste se está terminando de enfriar. Yo ya no estoy donde estaba, ni vos donde quiero que estés. Traté, incontables veces, de guardarte allá donde no sea capaz de recordarte pero no tuve éxito: terminé por verte en todos partes. Te borré, para que aparezcas y des con tu vida revoluciones en la mía. Y así empecé a girar en un circulo que parece no acabar, en un reloj cuyo segundero no deja de marcar los segundos en dónde no estás y en un tiempo que no manejo ni quiero manejar porque no sirve caminar mirando atrás. 

 

 

 

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