Espaldas a Plutón

Ver dormir a alguien. Verlo desnudo, y no de cuerpo, sino, de alma. Verlo sin armaduras, porque las dejó debajo de la cama. Verlo: entero, inocente y sin maldad.

Abraza la almohada y se pasa la vida -o el día- enredado en las sábanas. Parece una máquina del tiempo porque ahí, las horas no pasan. Y el deseo no cambia.

Muestra la espalda. Suave. Suave como el movimiento que los dedos se tientan a hacer ante tanta piel. De acá para allá. Transportando cuerpos a otro lado del mundo, a otro planeta.

Y así es: ver dormir es viajar a través del tiempo y el espacio. Es sentir. Es tocar. Es recordar. Es guardar.

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