Psicología Social

LA FIBROMIALGIA:

CÓMO CARGAR CON EL PESO DE SER MUJER.

Resumen o Abstract: El presente trabajo está basado en analizar a la fibromialgia como una enfermedad cuyo diagnóstico se encuentra condicionado por las percepciones de género que predominan en la cultura actual incluso dentro del saber médico. El 90% de los afectados son mujeres y, éstas, acaban por ser tratadas de “histéricas” y/o “exageradas” por los profesionales poniendo en relieve sus emociones. El dolor consistente que sienten las pacientes en el cuerpo se encuentra subestimado y nos hace replantearnos sobre la existencia de modos establecidos de padecer dolor donde se espera que la mujer minimice sus dolencias. La falta de comprensión y credibilidad por parte del saber médico, que pretende establecer la verdad, puede traer aparejados otros problemas de salud, como la depresión, que lleva a las afectadas a ser medicadas por problemas psicológicos. Las pacientes se ven atravesadas por su condición de ser mujer, acaban por sufrir el no reconocimiento de sus dolencias y son susceptibles a la exclusión social por romper con lo “normal” y acercarse a lo abyecto.

A través de Foucault se verá la influencia social que adquirió a lo largo del tiempo el saber médico, lo cual explicaría el cuadro que acaban por enfrentar las pacientes enfermas cuando no reconocen sus dolencias, ya que la verdad parece estar sometida al discurso y al método científico, en lugar de a la realidad de las mujeres que sienten. Con los aportes de Butler se analizará cómo la matriz heterosexual dominante produce y reproduce sujetos y cómo se establece que hay modos de sentir y padecer dolor para cada género, tomando en cuenta escritos de Del Mónaco dónde las emociones, el género y las expectativas hacia el mismo, tendrán un lugar central. Es interesante realizar el análisis sobre la fibromialgia en términos de un problema de género ya que es una enfermedad que afecta principalmente a las mujeres en un 90% dónde la mayoría de ellas no consiguen un diagnóstico certero por la falta de fiabilidad hacia las pacientes y la negación de la enfermedad en sí de la institución médica, incluso en un ambiente de patalogización masiva de las conductas humanas, tal como lo menciona Murillo. Dicha problemática nos induce en la cuestión del acercamiento a lo abyecto de aquellas mujeres que padecen, sintiendo el peso de la exclusión social por parte del resto de la sociedad.

Desarrollo: La fibromialgia hizo su aparición en el mercado de los diagnósticos hace relativamente poco tiempo: fue incorporada por la OMS en la décima revisión de la Clasificación Internacional de Enfermedades en 1992 definiéndola cómo: “Un síndrome que se manifiesta a través de un estado doloroso crónico generalizado no articular, con afectación predominantemente de los músculos, y que presenta una exagerada sensibilidad en múltiples puntos predefinidos, sin alteraciones orgánicas demostrables.”.[1]

La problemática que se esconde detrás de la fibromialgia se relaciona con su carácter femenino: de diez pacientes, nueve son mujeres. Muchos médicos y especialistas aún no la reconocen y la niegan incluso después de ser reconocida por la OMS, dejando entrever la gran influencia que tienen los preconceptos y prejuicios de género incluso dentro de las instituciones médicas. En el Siglo XIX fue etiquetada como reumatismo psicogénico, por ser más frecuente entre mujeres que entre hombres, y se entendía que “era cosa de histéricas a las que les dolía todo”[2]. Dicha concepción –errónea- tuvo como consecuencia que se le prestase poca asistencia social y médica a las pacientes, por más que fuese un conflicto permanente en las consultas y que la Organización Mundial de la Salud haya pronosticado que para el 2020, la Fibromialgia, será la causa más frecuente de incapacidad en el mundo femenino. El factor crucial que el método científico no tiene en cuenta es, según un escrito de Jacobi, (Citado en Del Mónaco, 2014) “que la verdad se siente, no se demuestra”.

Cuando nos adentramos en el saber médico nos encontramos con un discurso androcéntrico predominante: uno meramente masculino y que justifica, a la vez que mantiene, la desigualdad entre los sexos a través de la medicalización, la invisibilidad y la psicologización de la fisiología y las enfermedades que poseen las mujeres, minimizando las dolencias que sufren las mismas. Tal es así que las enfermedades que afectan en mayor medida a las mujeres son aquellas menos estudiadas por la medicina. La falta de una explicación etiológica de la Fibromialgia hace que se termine por creer que su causa está relacionada con cuestiones psicológicas donde el supuesto de la fragilidad mental de las mujeres, o su incapacidad natural para adaptarse a las situaciones estresantes, entran en juego en el diagnóstico que, a veces, nunca llega: aunque muchos miren hacia otro lado y la diagnostiquen como psicológica, la realidad es que las últimas investigaciones a nivel mundial apuntan a que es una enfermedad neuroinmune y puede dañar a todos los sistemas del organismo”.[3]

La importancia que tiene el punto de vista del saber médico nos remonta a la época en la cual Foucault nos hablaba del poder del mismo: un poder anónimo, sin nombre, sin rostro, un poder repartido entre diferentes personas (Foucault, 2005), que había suplantado el poder soberano que poseía el Rey, volviéndolo un poder decapitado y descoronado cuyo foco pasó a la disciplina que acabaría por recaer en el cuerpo. El prestigio que comenzó a poseer el saber médico, y la noción de que son éstos aquellos que establecerán la verdad, explicaría por qué las pacientes a las cuales no se les reconocen sus dolencias acaban por poseer problemas mayores relacionados con la depresión y la exclusión social, al no ser entendidas ni por sus pares. Quizás se entienda más la situación siguiendo a Scheper (1995) donde menciona que es crucial el papel que juega la medicina y los profesionales médicos como intelectuales tradicionales que reinterpretan y reorganizan las necesidades de las personas (Scheper, 1995), lo cual nos lleva a reafirmar la posición prestigiosa que posee la medicina en la sociedad actual y la angustia posterior, que manifiestan las pacientes, tras la falta de credibilidad que obtienen por parte de los médicos en sus consultas.

El discurso hegemónico de la medicina y la sociedad presenta a las mujeres como personas frágiles que tienden a exagerar sus síntomas y que poseen poca tolerancia al estrés, lo cual provoca que una paciente que sufre fibromialgia cargue con las concepciones de género que poseen estos “profesionales” que dudan en el discurso de las afectadas y de la enfermedad como una entidad clínica real, subestimando el sentir. El rol de los estereotipos de género acaba por jugar un papel central y el peso de ser mujer parece determinar si una dolencia es real o no: en la mayoría de los casos se trata a las pacientes como locas, histéricas y/o vagas, mientras que por el otro lado sus relaciones personales empeoran al encontrarse desplazadas del rol que cumplen en sus actividades diarias. El dolor que sienten las mujeres con fibromialgia, en la mayoría de los casos, conduce a la angustia por no saber lo que les pasa y, sobre todo, por la incomprensión del otro, como lo mencionamos anteriormente. Siguiendo a Giddens (1995): “La angustia se siente como una experiencia <cósmica> relacionada con las reacciones de los demás y con la aparición de la autoestima.” (Pág. 63). Dicho de otro modo, el estado de incomprensión que sufren las pacientes, seguido de la minimización de sus síntomas conduce a estados de angustia que atentan contra la identidad del yo de las mismas.

De acuerdo con Del Mónaco (2014) “hay reglas, valores, moralidades, que a través de distintos aparatos prescriptivos (siendo la medicina uno de ellos) instituyen modos de padecer” (Pág. 125). Es decir, nos encontramos con factores que acaban por establecer distintos modos de padecer que se ven atravesados por el género, lo cual explicaría la razón por la cual cuando las pacientes acuden al médico tras sus fuertes dolores, chocan con explicaciones de tipo psicosomáticas y, a veces, son llamadas “psiquiátricas”, “histéricas”, “simuladoras”; adjetivos conocidos que analizó Freud sobre las patologías que interpelan el saber médico[4], mientras que en el paciente masculino se plantea que no hay una relación entre sus características psíquicas y la fibromialgia. Siguiendo la línea de género observamos que se encuentran establecidas identidades de género: una heterosexualidad obligatoria, la identificación de lo masculino con entendimiento y razón, y lo femenino con sentimientos y maternidad (Fuller, 1998). Cómo dijimos antes: se cree que la mujer es un ser irracional, a la vez que ocupa una posición de inferioridad con respecto al hombre cuyo comportamiento si es racional. En palabras de Jimeno (2009): “los dos géneros poseen sus prototipos de comportamiento emocional: hombres racionales y controlados, mujeres emocionales y descontroladas” (Pág. 205). La clave del análisis en esta cuestión se encuentra en la creencia en la oposición entre la emoción y la razón; entre lo femenino y lo masculino, que no deja ver que la expresión emocional es una verbalización de patrones culturales existentes para el intercambio de mensajes, en lugar de ser lo opuesto a la razón y el pensamiento.

Judit Butler al hablar de género hace hincapié en la existencia de una matriz excluyente: una matriz heterosexual que produce y reproduce sujetos. A la vez, también incorpora en su análisis el hecho de que hay vidas más vivibles que otras, dónde lo abyecto -todo aquello que pertenece al afuera de la matriz- parece estar destinado a vivir en condiciones menos habitables. Tal como lo menciona Scheper (1995): “cuerpos en términos de valor de <uso>, por lo tanto los cuerpos o están <fuertes y buenos> o bien <no valen nada>” (Pág. 186), dónde observamos que cuando el cuerpo presenta una anomalía se acerca a lo abyecto. Siguiendo estas líneas y comparándolas con las pacientes que sufren de fibromialgia, podemos mencionar que éstas mujeres y sus modos de sentir se acercan al grupo menos beneficiado ya que están destinadas a la exclusión social al no poder sostener los roles propios del género que parecen tener establecidos en su vida cotidiana, como por ejemplo: el rol de madre.

Centrarnos en el del dolor que sienten las pacientes con Fibromialgia, y si esté es real o no, nos lleva a la discusión de que no hay una única actitud humana ante el mismo ya que varía tanto como los procesos de aprendizaje del lenguaje del dolor (Jimeno, 2004) dónde la cultura y los contextos juegan un papel central, por lo cual juzgar su veracidad o el grado del mismo no tiene sentido alguno si todos sentimos de una manera diferente. No queda opción más que la comprensión: siguiendo a Reddy (citado en Jimeno, 2004) “expresar las emociones es esencial para nuestra identidad y para las relaciones con otros, y tiene un efecto remodelador sobre la emoción misma”, dando la pauta de lo importante que es no callar aquello que se siente ya que haría que “el cuerpo somatice por algún lado”, “explotando por el lugar más débil” (Del Mónaco, 2014), tal como lo expresan las pacientes que acaban con cuadros de depresión.

Conclusión: Analizar la manera en la que el género atraviesa el diagnóstico y la credibilidad de la fibromialgia en las pacientes nos hace preguntarnos si alguien tiene realmente el derecho de determinar si lo que se siente es real o no. La mirada androcéntrica del saber médico nos demuestra cómo es que sus concepciones de género traen aparejadas mayores consecuencias para las pacientes que sufren, atravesando su cuerpo: en el mejor de los casos acaban por ser medicadas por problemas psicológicos, cuando la base era una dolencia física real que se vio opacada por su condición femenina. Los estereotipos de género acaban por determinar modos de sentir y/o de padecer y el relato femenino posee siempre menos veracidad que el masculino. Concluimos con que las pacientes con fibromialgia padecen el hecho de “ser mujeres” al tener que luchar contra los prejuicios propios del género que se encuentran arraigados en la sociedad e incluso entre los profesionales de la salud.

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Recuerdos

Tantos sentimientos, tantas palabras sueltas que no encuentran como armar una oración.

Un día me guarde bajo veinte mil llaves y no volví a salir. Un día intente volver a tropezar y me encontré con que no supe patinar y caí. Empecé a dar pasos firmes y a cerrar el corazón ¿y sabes qué? No me gustó.

Y no porque cuando los ojos ya no brillan el sentido de la vida se va perdiendo día a día. Las sonrisas comienzan a ser frías y ya no hay por quien escribir al terminar alguna salida.

Un día selle las puertas para que no puedan tocarme, para que nadie llegue a escarbar de nuevo ni descubra la fragilidad del interior de quien alguna vez lo dio todo, a cambio de nada.

Niños

Giro la cabeza y veo hambre, desesperación, cara de cansancio y resignación ante una vida que promete igualdad de oportunidades y solo produce diferencias.

Dicen que nadie elije donde nacer, cómo, ni en qué momento. Caemos en un mundo en el cual las condiciones, la mayoría de las veces, no son las mejores. A algunos les toca nacer en ambientes rodeados de puro crecimiento, de posibilidades, de alegría y de oportunidades; mientras otros nacen donde no hay nada más que un poquito de vida que no sabe como seguir el día a día, o la próxima hora.

¿Qué futuro tienen aquellos que apenas sobreviven? Si están destinados a estancarse, si no importan para quienes detentan el poder, si son solo un número más, o los potenciales delincuentes que hay que combatir.

¿Qué culpa tienen los chicos? Me pregunto cada vez que los veo pedir “una moneda” por ahí. ¿Por qué están a la deriva? Si sus decisiones no fueron las que los llevaron a estar en el calor del asfalto del verano o en el frío de las noches de invierno viendo donde poder dormir. Descalzos, con los ojos perdidos y sin ningún tipo de educación que los haga, al menos, agradecer la ayuda del otro. ¿Por qué viven una vida de grandes saliendo a pedir si solo son niños que deberían jugar?

¿Por qué hay tanta injusticia? ¿Por qué se está en contra de la ayuda? Si todos somos iguales. ¿Por qué se habla de meritocracia? Cuando el mundo solo está creado para el crecimiento y desarrollo de unos pocos mientras condena el futuro de otros muchos. ¿Por qué es más apreciado el trabajo intelectual que el manual? Cuando son las manos del obrero las que fabrican todo lo que hoy nos rodea y de los peones las que hoy nos alimentan.

Falta educación, falta cultura, falta tanto de todos lados que estamos condenados al fracaso en todos los sentidos posibles. Los retoques no sirven, las reformas tienen que ser profundas y calar lo más hondo que se pueda. Cambiar todo el sistema, darlo vuelta. Crear nuevos valores. Tanto por hacer que parece imposible que algo se pueda revolucionar, que alguien quiera cambiar.

La indiferencia mata. No hacer nada nos condena. Voltear nos perpetua a un mundo en el cual todo será cada vez peor… y hoy, parece no haber solución.

Hoy solo veo vacío. Vacío en todos lados. Vacío donde tiene que haber empatía, vacío en la justicia que determina que  “no la quisieron matar porque le habían comprado una Cindor”, vacío en los ojos de la gente que, mintiendo, te dice que estamos mejor. Vacío en aquellos a quienes solo les importa el progreso personal, como si vivieran aislados de los demás -que paradogicamente son quienes más quejas tienen ante la inseguridad, siendo que los pobres, principales objetivos, no les importan-. Vacío entre quienes se profesan como religiosos y defienden los crímenes más indefendibles. Vacío entre una sociedad que lo único que hace es estar dividida, desprestigiando todo aquello que haga la otra mitad. Vacío que demuestra que nunca nadie, va a dejar que el de al lado sea mejor que uno.

Y así estamos… dejando que la mitad de los niños que nacen sean pobres, no pudiendo acceder siquiera a las necesidades básicas que tenemos como humanos. No nos moviliza, porque no somos nosotros. Hasta que alguien te toca el bolsillo y decís “que negro de mierda”, pero eso no quiere decir que algún día, en algún momento, te vayas a sentar a pensar en que ese pibe que hoy te está robando nació y fue criado siendo un marginado, sin culpa alguna. Que quizás nunca tuvo ni una de las millones de oportunidades que tuviste vos, y que jamás nadie le brindó nada como para poder darse algún gusto. O quizás si, un pequeña ayuda que no sirvió de nada en concreto, porque no le ayudó a tener un techo en el cual cubrirse de las lluvias, o una ayuda que haga que pueda dejar de salir a buscar la solidaridad de los demás, haciendo que la única que solución viable sea salir a robar, sin conciencia de nada, porque en la vida no hubo quien le enseñe el valor de las cosas. Porque cosas fueron las que le faltaron.

Juzgan. Lo único que saben hacer. Los miran con mala cara, con asco, como si estuvieran ahí por gusto. Los ven y cierran los ojos o miran para otro lado, como si no fueran nuestros hermanos. No buscan entender, las cosas se dieron así y ya. “Cada uno está donde merece estar”. ¡Hipócritas!

Me duele. Y no por mí, sino por ellos, porque nadie debería nacer sin la suerte de tener qué comer, dónde dormir, con qué jugar, dónde aprender, dónde estar seguros. Nadie. Menos los niños.

Ellos, son mi debilidad.

Mi carta

Si tan sólo pudieran leer mi mente y meterse en ella; leerme la mirada y descifrar lo que dicen mis palabras. Si tan sólo pudieran sostener mis manos y notar que están heladas, igual que mis pies cansados de caminar en el frío de ésta helada.

Si tan sólo escucharán como caen mis lágrimas o como se me tiñe de gris cada vena del cuerpo. Si tan sólo le prestaran atención a mis pasos y a nada más que a mis besos, notando que no hay nada más que esto.

Si tan sólo alguien se tomara el tiempo de ser un poco sincero, de creer, de ir y no volver. Si tan sólo la vida fuera un poco mas honesta, más viva y más real, solo un poco, viviríamos mejor.

Los silencios hablan a gritos, piden ayuda, que los vean, que los acaricien y los calmen.

No lloren, mañana seguirá todo igual.

Real

La vida pasa, y las personas también. El río sigue su curso y ningún pájaro se detiene a que lo escuches cantar. Ninguna mano te despierta ni te acaricia las mañanas porque hay cosas que preferiste dejar atrás para poder caminar. Ya no hay relojes ni nada que marque los minutos que faltan porque no hay meta que nos apure. No hay objetivo, ni incentivo.

A veces uno se cansa de dedicarse a sí mismo, voltea y no ve más que ausencias que se traducen en decisiones. Otras solo volteamos y cerramos los ojos porque así nos queremos mantener un rato más, aislados y escondidos.

Del otro lado quizás haya una fiesta pero no nos atrevemos a abrir ninguna puerta. Aunque si, quizás sólo aquellas que sabemos que esconden una pared detrás que no podremos romper. A veces el miedo rompe más que cualquier cosa, y puede que lo tenga.

Sin embargo acá estamos, desatando los nudos que parecían estar atándose, huyendo por las salidas de emergencia y pisando las huellas de donde vinimos: tememos lo incierto, lo nuevo, lo real.

Silencio

Quizás seamos silencio: todo aquello que callamos, las palabras que no decimos y nos guardamos. 

El silencio es la ausencia de las palabras pero irónicamente está colmado de ellas. Es todo lo que no podemos decir; porque no sabemos como o, tal vez, porque sabemos que lo que no se nombra no existe y en ese juego preferimos que no exista a que se quede con nosotros. Guardamos silencio ante las cosas, incluso ante las que nos importan. Nos callamos, aunque callarse nos vaya asesinando; porque las palabras que no se dicen nos quedan en la garganta: no decirlas nos va pinchando cada día un poco más hasta terminar sangrando y no saber como curar la herida.

Somos todo lo que nos guardamos porque con ciertas cosas nos volvemos un tanto egoístas: preferimos guardarlas, que se queden en nosotros y que no reciban ningún tipo de críticas. Las protegemos con nuestra capa de silencio así solo puede existir para nosotros mismos: los que las pensamos, sabemos y sentimos.

Lo que no se nombra no existe, dije. Y alguna vez lo dijeron. Por eso callo: porque si lo nombro toma la existencia que no quiero que tenga, porque aunque duela… nada va a doler más que saber que existe para alguien más lo que yo ya no tengo entre mis manos. Porque no quiero que tome vida en otro lado y prefiero que se extinga. Porque si no guardamos silencio nos vienen recuerdos que uno creen muertos.

 

La vida como huella

Estamos marcados, algunos más y otros menos, pero de alguna manera terminamos coincidiendo. Tenemos heridas que constituyen mundos, cada una es una historia y un pedazo de vida: algunas cavaron profundo, otras solo fueron rasguños. Algunas sanaron pero otras llegaron para quedarse y hacernos recordar que estuvimos vivos, que sentimos.

Hay heridas que tienen nombre de personas y otras que tienen su forma. Hay algunas que perduran en el tiempo mientras otras solo se esfuman como si se las llevara el viento.

Se pueden tocar pero solo con el alma o alguna palabra. También acariciar e intentarlas sanar pero prometiendo no hundirlas más de lo que están. Bastantes marcados estamos como para acumular algún que otro punto débil más.

En nuestro interior somos iguales: somos almas y cuerpos que no hacen más que llevar un puñado de huellas de todo lo que vamos dejando atrás.