No dijimos adiós

Tal vez fue la caricia que hizo que nos sintiéramos en casa

O la forma en la que supimos que querer solamente no alcanza.

Tal vez fue la manera en la que te abrace para que no te vayas

O las palabras que dijiste para que no me quedara.

Irse yendo,

Con el pasado a rastras

Y con vos en la espalda.

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Sexto sentido

Hay cosas que uno no quiere saber, información a la que escapamos, quizás por inercia o supervivencia.

Cerramos los ojos y nos tapamos los oídos porque aunque el mundo afuera caiga luchamos por sostener el propio. El propio que es ficticio y cuyo destino debería estar en el exilio. Un mundo que se mantiene aún cuando descubrimos que no existe.

Un mundo que acabará por acabarnos. Por destruirnos. Por matarnos.

Ver-te y sentir-te

Si pudiéramos voltear la mirada descubriríamos que dejamos huellas por todos los lugares donde caminamos. Cada esquina, cada cordón y cada semáforo donde nos paramos a esperar llevan una marca de cada uno de nosotros. Hay esquinas que guardan secretos, que si hablaran contarían un mundo e incluso podrían describir lo que es la felicidad, así como también la tristeza. Hay semáforos que fueron los mayores espectadores de momentos de amor y paradas de colectivo que presenciaron los besos más profundos. Hay autos que esperaron por irse cuando dos personas no podían dejar de despedirse. Hay camas que hoy son cenizas porque algún día fueron más que polvo de estrellas y balcones que se acuerdan cómo se jugaba allí a las escondidas en la inmensidad de noches que parecían no tener fin. Hay sillones y sillas que aún parecen tener marcas porque se amoldaron a un cuerpo que se deshizo en el tiempo y cocinas que aún extrañan llenarse de aceite tras una comida. Hay bares que tienen nombre de personas y duchas que no fueron hechas para bañarse.

Hay gente que tiene vida fuera de ella y que toma forma en incontables cosas. Y tan incontables que las vemos en cada lugar donde estemos.

 

Parpadear en minutos

Cerramos los ojos y automáticamente nos teletransportamos a aquellos lugares donde quisiéramos estar o, quizás, donde ya estuvimos. Los apretamos bien fuerte y nos sumergimos plenamente en la imaginación sin dejar que la luz amague a entrar.

Soñamos. Vemos la vida con paletas de colores, la coloreamos y rellenamos. La hacemos cromática, la adoramos. Nos hundimos en arco iris y nos ponemos caparazones porque, al fin y al cabo, solo es un sueño. Y después despertaremos para preguntarnos alguna que otra cosa.. como si en verdad existe el vacío existencial. Que aunque sabemos que sí dudamos de su existencia cuando no lo sentimos.. pero que este más lejos no anula su existencia, deberíamos de saberlo.

Parpadeamos.

Despertamos

¿dónde estamos?

Viajar en colectivo

Abro los ojos y las luces me abruman, es como si esta noche el sol se convirtió en luna -y sigue encandilando-. Los taxis pasan y mientras esperan un pasajero yo aguardo a que siga corriendo el tiempo.

La gente se mueve, ella dice que aún tiene un audio suyo “tan infame” que es extraño. Y mientras tanto las puertas del colectivo se abren como si dejarán exactamente a cada quien en su destino. Como si cada parada es un hogar. Como si al bajar ya no hay nada más.

Miedos

El miedo se apodera de cada uno de nuestros latidos. Se aparece queriendo que abramos el paraguas aunque afuera no caiga agua. Nos eriza la piel. Nos abraza con sus brazos de cartón. Nos susurra que corramos.. aunque estemos a salvo.

El miedo nos toca la piel y nos corta la respiración. Nos apuñala. Nos hace débiles. Nos convierte en el viento que anuncia nuevas tormentas cuando todo está en calma. Nos transforma.

El miedo nos arruina; como se arruinan las sillas plásticas bajo el sol en pleno verano, como se arruga el papel, como quema el sol.